El Cantar de Mio Cid pertenece al género de la épica, que se caracteriza por presentar una historia heroica en la que el héroe -masculino- debe enfrentarse ante una serie de obstáculos para cumplir una misión de importancia colectiva o nacional. El objetivo de la comunidad receptora del Cantar es reconocer a través de los valores expuestos por el héroe (habilidad guerrera, fidelidad, etc.), unos sentimientos religiosos o patrióticos exaltados. Entre el escenario recreado en el Cantar y la realidad se establece, como denomina Colin Smith, una “comunión ideológica”, que da lugar a la interpretación subjetiva de la historia épica.
La figura del personaje del Cid, el que en buena hora ciñó espada, sirvió de inventario moral durante la Guerra Civil española y el franquismo posterior. A Causa de las acciones que protagoniza el héroe a lo largo del Cantar, se tematizan elementos que interesan a una determinada comunidad.
Destacan temas como el del buen vasallo, debido a que el Cid en ningún momento del cantar se enfrenta a Alfonso VI por el destierro inmerecido, sino que a medida que mejora la posición jerárquica el noblecillo, le regala al rey caballos como símbolo de sus victorias en las batallas:
“Ido es a Castiella Álbar Fáñez Minaya, / treynta cavallos al rey los enpresentava
[…] Pues quel’ vos ayrastes, Alcoçer gañó por maña”.
El Cid, como fiel servidor del poder real, es un ejemplo moral que emplea el régimen franquista, que acabada la guerra instauró una dictadura en la que destacó el uso de la simbología. La colectividad española formó un imaginario moral en torno a la figura de Rodrigo Díaz de Vivar. La lectura del Poema de Mio Cid y, por tanto, las ideas extraídas de sus acciones, van variando entre los distintos contextos temporales y sociales. El Cid, imagen propagandística de los vencedores franquistas, reaparece dentro del ideario patriótico en el fin de la Guerra Civil (1939): “El Cid rompió las cerraduras de su sepulcro”.
El que en buena hora nació es un claro ejemplo de valentía en sus conquistas. Este lucha en las batallas, preocupándole más la victoria que arriesgar su propia vida. El valor del héroe se muestra en la batalla contra los reyes Fáriz y Gálvez, que con un ejército de 3000 moros acorralaron al Cid y este, en vez de darse por vencido, decidió luchar y venció.
La defensa de la patria que recrea el héroe refleja en el hecho franquista, la necesidad de la figura de un caudillo militar que protegiera la unidad del territorio español:
“En tierra de moros prendiendo e ganando, / e durmiendo los días e las noches tranochando, / en ganar aquellas villas mio Çid duró tres años”: Estos versos hacen referencia a la conquista de toda la región de Valencia.
A esta lucha patriótica se une la exaltación de la religión y, por tanto, la protección del suelo cristiano, ya que el héroe épico agradece y ruega, desde el principio del Cantar, a la figura de Dios:
“Yo ruego a Dios e al Padre spirital […]”.
Esta aproximación explícita en el Cantar de Mio Cid a la exaltación de la fe como modo de agradecimiento y ejemplo, crea en el inventario moral del receptor un símbolo de acercamiento a Dios. Este elemento temático ha servido como divulgación durante la dictadura española, ya que el nacionalcatolicismo de finales del siglo XX se entrecruza con el Cantar de finales del XII – principios del XIII, ya que la religión fue entendida como instrumento nacional y símbolo de la imagen española.
De forma contraria al ideario franquista, hubo individuos que vivieron una persecución durante este periodo de finales del siglo XX. Este colectivo afectado por la situación bélica y posteriormente dictatorial, toman el mito del héroe Rodrigo Díaz de Vivar y transforman el destierro injusto y, por tanto, inmerecido de este en el exilio también injusto e inmerecido de las víctimas de la Guerra Civil española.
Los poetas de la Generación del 27 destacaron el lado humano del Cid, destacado en pasajes como la despedida del Cid y su esposa e hijas; la preocupación de este porque sus hijas lleguen a ser “dueñas ricas”, es decir, damas opulentas. A su vez, destaca la humanidad en la clemencia del Cid ante los moros, cuando asegura que con descabezarlos no ganarían nada y prefiere servirse de ellos. El Cid en la colectividad moral de los poetas del 27 no destaca por ser un excepcional guerrero, sino que sobresalen sus preocupaciones humanas y la situación del destierro inmerecido.
Federico García Lorca en una carta dirigida a Jorge Zalamea le escribe a su amigo: “¡Soy más valiente que el Cid Campeador!”
A su vez poetas como Dámaso Alonso o Pedro Salinas aluden en su creación poética a la figura del Cid, quien versiona el Cantar en un lenguaje moderno.
Por último, hay que destacar al poeta Rafael Alberti, que se compromete a raíz de su exilio a simbolizar la figura revolucionaria del Cid, alejada de los hechos bélicos. Alberti en su obra Como leales vasallos recurre al Poema de Mio Cid para expresar su propia situación desde el exilio:
“Hincado. Así. / Y en los dientes, / el corazón, y en los labios, / contra tu tierra con sangre, / todo su sabor amargo. / Dolor a muerto en la lengua, / sabor a desterrado / […].
El propósito de este ensayo ha sido plasmar las diferentes visiones que ha tenido el Cantar de Mio Cid en los momentos más destacados de la historia española. Las diferentes visiones de la historia y, sobre todo, del personaje heroico muestran la subjetividad del entendimiento de las acciones. Esto es, el pueblo como sociedad acoge unas ideas acomodándolas a su contexto o necesidad colectiva.




