Tú,
que divagaste en las entrañas del arte
sin saber de qué color es el alma de las cosas que te rondan.
Tú,
que cada día cambias de pintor favorito y un día eres renacentista y alabas a Tiziano; otro eres barroco y te mueres con Velázquez y sus Meninas; otro eres neoclásico y te tatúas en el antebrazo un retrato de Villers; otro romántico y te enamoras de las mujeres de Makovski; y hoy,
hoy eres muy Hopper.
Tú,
que justificas la existencia con un «estoy bien»
y, añades que la cronología del arte es un columpio segado por la ausencia de un niño,
que solo se cuenta cuando se corta;
cuando madura; cuando se vive;
cuando acaba para el artista y comienza para el otro.
Añades,
que la genealogía del arte es de padre reñido y que el tiempo no pertenece a la familia,
sino a la certeza de saber que hay periodos extranjeros
que más tarde habitan en el país de un cuerpo acomodado al traslado.
Pero hoy estás muy Hopper
y el tiempo se te muere cuando entra por tu ventana
y no dejas que salga una vez bajada la persiana.
Tu vida cabe en una habitación de Hopper
y solo te sientes lleno cuando te das cuenta de que te rodea el vacío.
Pero te sientes Hopper estando en casa.
Tú,
que empiezas las novelas largas por el final y desearías saber cómo acaba el cauce
antes de que nazca el río,
que descubres que de la casa al arte
hay un escalofrío y un poema,
un cuadro en la pared
y una canción de fondo,
pero nunca llegas sin mojarte
porque lo que buscas es el calado sin constipado.
Te sientes Hopper y te afilias a su soledad.
Lees «La Peste»; te corroe la peste;
piensas que el artista esculpe el dolor hasta que lo convierte en motivo visible.
Tienes miedo al arte que se piensa y no se plasma.
Te sientes Hopper y aplaudes a las ocho.
Te das cuenta de que tu calle
no es inmune a la desgracia y finges,
con la cobardía de un necio,
que cualquier tiempo pasado fue peor en vida y mejor en arte.
Corres la cortina. Dan las ocho y cinco.
Te sientes muy Hopper:
Intentas abarcar la nomenclatura de los días perdidos.


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