
Entramos en la casa de Bernarda sin apenas darnos cuenta; nos hemos acomodado en su salón sin haber llamado al timbre. Descalzos, como quien escapa de lo que busca al encontrarse con algo distinto. Con la cara larga y la mirada perdida buscando dónde se metió la palabra hogar y qué día perdió el pájaro su nido. Ahora los calendarios cantan diferente; todos los días son repeticiones de domingos. La fe se queda con Bernarda, nosotros desde el luto nos vestimos de paisaje para fundirnos como espíritus narcisos en el reflejo de cualquier río.
Pero ahora estamos en casa de Bernarda. Estamos de luto.
Pero ahora estamos en casa de Bernarda y no hay ningún Pepe Romano.
Pero ahora estamos en casa de Bernarda y yo no me llamo Adela.
Pero ahora estamos en casa de Bernarda y yo no tengo hermanas.
Pero ahora estamos en casa de Bernarda y mi madre no es la viuda.
Entramos en la casa de Bernarda y nuestro apellido no es Alba; somos parte de la genealogía rota que anda constantemente en busca de las ramas.
Qué calor. Nos asomamos a las ventanas.
En esta casa siempre hay sed; sed de bebernos la vida desde la calles.
Estamos confinados y yo vestida de verde; la palabra libertad me ha roto el vestido y finjo, entre acotación y hora, que mi deseo por respirar es tan puro como el blanco y negro.
Pero yo no soy Adela. Ni mi casa es ya mi casa.
Todas las noches miramos a la luna o ella nos ve a nosotros con ojos de Arcipreste de Hita.
Pero yo no creo en la noche. Ahora estamos contemplando a las estrellas bañándose en sopa.
Ahora escribimos porque lo único que nos ata es aquello que no decimos.
No podemos perder el atributo de libres.
Nacer vulnerable es el mayor sinónimo de estar vivo. Somos invulnerables a la invariabilidad.
Pero ahora estamos en casa de Bernarda y mi nombre es Calle.
Pero ahora estamos en pandemia y mi nombre es Aire.
¿Quién le dijo a Bernarda que nos acogiera en su casa?

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